miércoles, 6 de abril de 2011

Una historia, un ojal y algo para abrochar.

Hola blogueras-os:
Cuando decidí crear este blog, impulsada por aquellos que me incitaban a escribir, pensaba contar mis batallitas diarias y alguna que otra anecdota, de esas que suelen surgirles a las madres a lo largo de la semanas. Pero sin darme cuenta, me ví caminando por la historia, deteniéndome en lugares y regiones donde me asaltaba una duda y me obligaba a investigar.
Me empece a convertir en una exploradora del pasado, y descubrí que hay cosas que hoy en día nos parecen simples, pero llevan un marcado recuerdo en el tiempo, a veces tan interesantes como asombrosas. Quién diría que fue una taza de té, una curiosidad y la mala fortuna, la que desvelaría al mundo los hermosos hilos de seda, o que las artes finas forman parte del universo gótico.
La historia es una dama antigua con memoria, y me ha prestado sus recuerdos para alimentarme de ellos. Sentirme viajera en sus brazos, me hace ver y admirar los pequeños detalles cotidianos de la vida como algo distinto, diferente.
Descubrir que los botones nos han acompañado desde tiempos prehistóricos me fascina. Saber que su primera función no fue la de abrochar, sino la de adornar la indumentaria de la época es algo extraordinario. Se podían elaborar de conchas de moluscos, las cuales tallaban y perforaban de forma rudimentaria, pero verdaderamente curiosa. Hay hallazgos que confirman lo escrito, como los encontrados en el valle del Indo que datan del año 2000Ac.
En la edad media, se solían hacer de cuernos o de cristal, siendo un lujo sólo al alcance de aquellos que tenían riquezas. Su uso se convirtió en un valor en alza, siendo ya en el siglo XIII parte de la indumentaria propia de la época acompañando a camafeos o prendedores.
Los cruzados introdujeron en Europa este artículo, cambiando la forma de elaborar las prendas de los afortunados señores de la pobreza humana, los cuales hasta ese entonces se ataban la ropa con nudos o ganchos. Siendo reinventada su función para fijar las estrechas mangas de las mujeres, evitando coserlas a diario.
Su uso lo convirtió en un símbolo de nobleza, llegando a convertir su fabricación en un trabajo artesanal de gran calado artístico. Ya que se podían encontrar elaborados en oro, plata y con incrustaciones de piedras preciosas, lo cual lo convertía en una joya única.
Tal era la devoción por este singular artilugio que, Francisco I de Francia, debía reunirse con Enrique VII de Inglaterra, y se presento con un vestido de terciopelo negro con más de 13000 mil botones. Causando admiración en aquellos que asombrados obserbavan, y dandole categoría de exepcional a algo que hoy utilizamos por mera comodidad.
En el siglo XVII el cuero empezó a formar parte de este artilugio, nada funcional pero si muy decorativo. También se solían forrar de telas y decorarlos con bordados, siendo utilizados ya en cualquier tipo de prenda, incluso en pañuelos, creándose  toda una filosofía alrededor de él.
Los ingleses en 1787, solo permitían usar botones como adorno, siendo estos esmaltados y con escenas pictóricas. Tal era su valor social, que según el tipo de material en el que estaba confeccionado, era la talla económica y social de aquel que lo ostentaba.
Ostentación que empezó a oscurecerse, con la llegada de la revolución industrial y la fabricación masiva de este artilugio. Convirtiéndolo así en algo más cotidiano y práctico, que decorativo y ostentoso. Relegando su uso no sólo a las intrigas palaciegas, sino a todo aquella persona que desease utilizarlo.
Convirtiendo su día a día en algo natural, y dejando para la historia sus recuerdos de tiempos magnánimos.
Un abrazo.
La aguja dorada.


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